El pueblo que dejó de votar

Había una vez un pueblo que, cansado de los políticos que prometían mucho y cumplían poco… o que cumplían nada, mejor dicho, optaron por no ejercer más su derecho al voto.

La decisión no fue fácil de ser llevada a cabo, sin embargo.

Lo que nació como una de las tantas locuras arrojadas al viento por ese grupo de borrachos empedernidos que asistían todos los días al bar: La Herencia, con el fin de arreglar y descomponer el mundo sentados alrededor de una mesa, se volvió un movimiento de impacto global.

Los primeros en comprar la idea, como era de esperarse, fueron los obreros.

Los segundos fueron los pequeños empresarios. Después los maestros no sindicalizados y luego los dueños de comercios más o menos grandes. 

Para cuando acordaron, ya todo estaba decidido: el primero de junio nadie acudiría a las urnas.

Esto tomó por sorpresa a la gente del congreso que, en un acto sin precedentes, decidieron aplazar la fecha de las elecciones.

Primero una semana, después un mes. El mes se volvió semestre, y de pronto la nación reparó en que llevaban un año sin escoger a un nuevo presidente y que al actual nadie lo respetaba.

En las calles, no obstante, todo funcionaba de las mil maravillas.

No podemos describir aquello como una anarquía, porque en una anarquía no hay jerarquías, y en ese pueblo sí que las había.

El hijo obedecía a sus padres, los empleados obedecían a sus patrones y los patrones se regían con base en las exigencias de la gente.

Si el pueblo exigía medicamentos, les daban medicamentos. Si exigían parques iluminados, les daban parques iluminados. 

¿Querían seguridad en las calles?

Les daban calles seguras.

¿Querían un mejor sistema educativo?

Les daban un sistema educativo de calidad.

¿Reformas laborales?

Se las daban.

¿Reformas tributarias?

También.

El pueblo que dejó de votar no cabía en su felicidad.

El mundo entero los veía como ejemplo a seguir; pasaron de ser uno de los tantos lugares mal gobernados, a disfrutar de días que parecían ser escritos por guionistas de Disney.

¿Cómo fue posible todo esto?

Hay que preguntárselo a los jefes directos de los obreros; a los grandes empresarios. A los maestros sindicalizados y a los dueños de comercios de alcance mundial.

Porque a partir del primero de junio, el poder cayó en manos de quienes fingieron sumarse al movimiento, cuando en realidad eran piezas de un rompecabezas maquiavélico; elementos indispensables en una dictadura cuasi perfecta.

El pueblo dejó de votar, y, sin darse cuenta, abolieron la democracia.

Creen que nadie los gobierna, pero lo cierto es que siguen siendo gobernados por los mismos de siempre, con la diferencia de que ahora no hay elecciones: solos se ponen y solos se quitan.

Curiosamente, la vida en el pueblo nunca había ido tan bien.

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Texto: Jaime Garza 
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