Matrimonio

El fin de semana pasado me encontré con una serie llamada Sex/Life, la cual básicamente trata de una chica que, teniendo un matrimonio ‘perfecto’, se aferra a los recuerdos de ese ex novio que le destrozó la vida, pero con quien, a su vez, comparte una química que no ha vuelto a experimentar con nadie más. 

A modo de desahogo, ella escribe en un diario todas las fantasías y memorias que compartió con aquél sujeto.

Todo marcha medianamente ‘bien’, hasta que su esposo lee el diario y descubre que está casado con una perfecta desconocida.

En consecuencia, no sabe si lo que corresponde hacer es ajustarse a los modos y actitudes de la ex pareja de su mujer para así satisfacer sus más oscuros deseos y, por ende, evitar el divorcio, o seguir siendo él mismo y solo modificar solo aquello en lo que considera estar en deuda con ella.

La protagonista encarna la confusión de muchas personas que claramente no nacieron para una vida en matrimonio, pero que, por crecer en una sociedad que mide la estabilidad y el éxito con base, entre otras cosas, a la solidez de la familia formada, le pusieron freno a esa libertad que tanto disfrutaban y ahora dedican cuerpo y alma al cumpliendo de expectativas ajenas; exigencias de un colectivo que, muy probablemente, igual hallará distintas maneras de juzgar.

Para que un matrimonio funcione se requiere de una fusión de sueños y compromisos, por eso decimos que no, que el matrimonio no es para todos.

No se trata de renunciar a ser uno mismo.

Nada de eso.

Pero sí conlleva cierta ‘codependencia’ y algo de rutina. 

Cierto sacrificio a la aventura, y, ¿por qué no?, cierto aburrimiento.

Porque la vida tiene eso también: aburrimiento.

No podemos pretender que todo sea locura y diversión.

Habrá tardes sin qué hacer y adversidades que irán más allá del deseo o la falta de apetito sexual.

Casarte es hacerte a la idea de que dormirás y despertarás todos los días de tu vida junto a la misma persona.

Que la verás sin maquillaje a ella y lo verás a él sin afeitar. 

Que envejecerán juntos y que solo podrán besar esos labios y solo podrán acariciar ese cuerpo.

Es renunciar, hasta cierto punto, al resto para estar con una sola persona.

Todo eso implica el matrimonio, y no, no es cosa sencilla.

Hace falta mucho esfuerzo de ambas partes y un montón de casualidades.

Por eso hagámonos el favor como especie y quitemos ya de nuestra mente que uno se debe de casar para realizarse.

Si sucede, ¡qué bien!

Si no, ¡también!

Sex/Life, más que una serie de entretenimiento, ejemplifica a la perfección todo lo que puede pasar cuando una persona trata de obligarse a ‘sentar cabeza’, cuando en el fondo es otra cosa lo que desea.

Texto: Jaime Garza 
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