historia de amor
LA PLUMA DE JAIME GARZA

Vicente y Mariela se conocieron en la primavera del 2011. Estudiaban en la misma preparatoria y a los pocos meses se volvieron novios. Su relación era como la de cualquier otra pareja de adolescentes. Se alegraban por cosas simples; sufrían por tropiezos sin más. Las cosas comenzaron a complicarse, sin embargo, en octubre del 2013…

—¿Qué sucede? —preguntó Vicente, angustiado al ver cómo su novia salió disparada por la puerta principal.

Era la fiesta de graduación. Las chicas lucían sus mejores vestidos; los jóvenes usaban traje y se sentían los reyes del mundo. La noche estaba dada para ser feliz. Llorar, acaso, pero de alegría. De alegría o de nostalgia, porque al término de la fiesta todos serían un poco más adultos, y ellos se morían por ser adultos. Pero al mismo tiempo perderían algunas amistades, y la melancolía resultaba inevitable. Porque no importa cuánto empeño le pongas a mantener vivos lazos que forjaste durante el bachillerato. La vida nos cambia a todos, y en ese cambio se rompen un montón de cosas.

¿Será eso lo que le pasa a Mariela?, preguntó Vicente para sí, mientras sostenía el cabello de su novia. Ella vomitaba sin ofrecer tregua a las afueras del salón.

El resto de la gente los observaba con extrañeza. 

—¿Está todo bien? —preguntó una muchacha de cabello rizado.

Traía puesto un vestido morado exactamente igual al de Mariela.

¿Cómo va a estar todo bien, tarada? ¿Qué no ves que mi novia está vomitando y se arruinó el vestido? Y también mis zapatos. No. No está nada bien.

—Sí, está todo bien —mintió—. Algo debió haberle caído mal ésta mañana.

Vicente y Mariela resolvieron que lo mejor era irse de la fiesta… aunque ésta aún no comenzaba. Ella se disculpó mil veces con él, pero a Vicente la situación parecía no molestarle.

—Mi fiesta eres tú —le dijo.

Pasaron la noche juntos… a espaldas de sus padres.

De esto han pasado siete años. Mariela se convirtió en una reconocida arquitecta y Vicente dio rienda suelta a una brillante carrera como actor. Jamás se detuvieron a preguntarse qué fue lo que sucedió aquella noche en la graduación. Tampoco los inquietó demasiado, hasta que un día…

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó Mariela, espantada al ver como su novio se puso pálido como la cal.

Él no respondió. Solo volteó a verla y los ojos se le llenaron de lágrimas. Le latía con fuerza el corazón y se le formó un nudo en la garganta. Abrazó a Mariela con las fuerzas que le quedaban y lloró como un niño.

—Mi vida… ¿qué tienes? —preguntó Mariela.

El resto de la gente los vio con más morbo que pena.

Vicente estaba por recibir un premio como mejor actor de la región. Había cámaras y reporteros. Gente que entró al evento con la exclusiva misión de capturar el momento preciso en el que Vicente alzara en brazos el galardón dorado, pero no hubo tiempo para tal. Porque cuando Mariela le preguntó a su novio qué tenía, él no supo qué responderle, pero sabía que no quería estar más ahí. Y como ella estaba dispuesta a todo con tal de verlo un poco mejor, se disculpó con los encargados y salieron sin decir adiós.

Se detuvieron a cenar hamburguesas en un restaurante de comida rápida. 

—¿Ya te sientes mejor? —le preguntó Mariela.

—Supongo que sí —contestó Vicente.

Se abrazaron con fuerza y suspiraron. 

Se sabían mal. O al menos sabían que no estaban del todo bien, y ese no era precisamente le problema. El problema era que no sabían por qué se sentían así, y a su vez estaban convencidos de que jamás lograrían ser felices. 

Mariela dejó de vomitar y se fueron de la fiesta hace siete años. Vicente la cuidó toda la noche y la hizo sentir un poco mejor.

Vicente dejó de llorar y abandonó la premiación. Mariela cuidará de él toda la noche y lo hará sentir un poco mejor.

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Texto: Jaime Garza

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