homofóbico

Ser viejo no te da derecho a ser homofóbico

LA PLUMA DE JAIME GARZA

En Martes con mi viejo profesor, bajo autoría del sociólogo y escritor Mitch Albom, leí que, cuando una cultura no nos convence o no nos lleva por buen camino, como sociedad no solo tenemos el derecho a no seguirla, sino que incluso se nos invita a cambiarla.

El término respeto ha sido sumamente manoseado. Tomando como base lo anteriormente mencionado, considero que es momento de analizar a fondo su significado y refrescarlo un poco.

Tendemos a relacionar el respeto con la edad. Como si el haber nacido antes que otra persona nos confiriera cierta facultad para agraviarla sin reparar el daño u ofrecer explicaciones. 

Y lo mismo sucede en el ámbito académico o profesional. Se tiene la equivocada idea de que, por saber más sobre cierto tema u ocupar un cargo de mayor impacto en determinada empresa o colectivo, se puede faltar a la integridad física o moral de ciertos individuos.

Ejemplo: maestro y alumno; jefe y empleado.

Pero volvamos al tema principal…

¿En dónde dice que los adultos mayores siempre tienen la razón?

Es verdad que la edad implica mayor tiempo vivido, y que por ende las probabilidades de acertar sobre ciertos temas se incrementan de manera considerable. La experiencia hace la diferencia, sí. Pero la experiencia no siempre llega acompañada de la edad. 

Hay personas adultas que llevan setenta u ochenta años en el mundo, y siguen pensando que el universo se rige bajo las mismas reglas y costumbres de hace cuarenta o cincuenta años. 

En cambio, hay sujetos de treinta que se mantienen actualizados. Comparan patrones de conducta con el desarrollo obtenido y sacan sus propias conjeturas.

Si el padre se equivoca, por ejemplo, el hijo debería sentirse con el derecho pleno a corregirlo, y no es así. Porque la opinión pública lo condena. 

Y lo mismo pasa cuando el abuelo le falta al respeto al nieto. El menor no debería de sentir vergüenza al defenderse, pero la siente. Porque hay adultos mayores que, sea por ignorancia o por costumbres equivocadamente arraigadas, se sienten con la jurisdicción suficiente para discriminar a terceros.

Ser viejo no te da derecho a ser homofóbico, ni racista, ni clasista, ni machista ni ninguno de esos derivados erróneamente normalizados. 

Quizás te cueste trabajo entenderlo, y está bien. Como sociedad podemos ser pacientes. Pero el proceso de adaptación no ampara actos discriminatorios. 

Si en tu época no era bien visto que dos hombres anduvieran por la calle tomados de la mano, es una lástima, pero no podrás hacerles caras ni molestarlos. Si tu costumbre indicaba que la mujer no tenía ni voz ni voto en la sociedad, es tristísimo, pero afortunadamente el mundo ya cambió y te tendrás que adaptar a él.

En Martes con mi viejo profesor, bajo autoría del sociólogo y escritor Mitch Albom, leí que, cuando una cultura no nos convence o no nos lleva por buen camino, como sociedad no solo tenemos el derecho a no seguirla, sino que incluso se nos invita a cambiarla. 

¿Y saben qué?

Yo acepto tal invitación. 

Dejemos de tolerar a los intolerantes. Con el debido respeto y educación, cambiemos esa forma de pensar… evolucionemos como sociedad.

Cuando todo está dicho, decir más, está de más.

También te puede interesar:

Texto: Jaime Garza 
Follow @JaimeGarza94

Comentarios

comentarios