Con la gira Roll With The Punches, el músico y compositor canadiense de 66 años, Bryan Adams, nos recordó que el rock no tiene fecha de caducidad si se toca con alma y sudor.
Ante una Arena Monterrey abarrotada, Bryan Adams no solo da un concierto; da una clase magistral de cómo envejecer con la energía de un debutante.
Su show fue una explosión de rock clásico y vitalidad. Desde que las luces se apagan, queda claro que Adams no necesita artificios ni coreografías complejas: su uniforme (jeans y playera) y su guitarra stratocaster son suficientes para llenar el escenario.
La energía se siente como una corriente eléctrica constante. Adams recorre el escenario con una agilidad que contagia; no hay pausas largas ni momentos muertos. Cuando suenan los acordes de “Cuts Like a Knife” o “Summer of ’69”, la vibra en el recinto cambia: es una catarsis de nostalgia pura mezclada con la adrenalina del presente. El público no solo escucha, salta y grita cada palabra.
Lo más impactante es la fuerza vocal de Bryan Adams. Es casi sobrenatural cómo conserva ese tono rasposo y potente que lo hizo famoso en los 80. En baladas como “Heaven”, la audiencia de la Arena Monterrey se convirtió en un coro masivo, pero es en los temas movidos donde la energía realmente explotó.
A diferencia de otros artistas de su calibre, Bryan se siente cercano. Bromea, interactúa y parece estar disfrutando tanto como el fan de la primera fila. Esa retroalimentación de energía entre el escenario y la audiencia es lo que hace que sus tres décadas de carrera se sientan actuales.
Con más de 65 millones de discos vendidos y éxitos inmortales como “(Everything I Do) I Do It for You”, Bryan Adams se mantiene como un pilar incombustible del rock, demostrando que su fuego musical sigue encendido
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