La Adicción

Humberto: El Aristóteles de La Adicción

El campus parecía un laberinto, buscaba por todas partes el salón 26, pero se ocultaba como un niño que juega a las escondidas. No podía llegar tarde a la primera clase en el primer día de mi carrera universitaria. Estaba desesperado, había buscado como loco en cada aula existente y simplemente no lo encontraba. Di un último recorrido con la esperanza de llegar al salón, resignado a que simplemente no existiera.

Nunca fui penoso, pero en ese momento no me atrevía a preguntar a los demás dónde estaba el famoso 26. Observé a un grupo de alumnos que reían en la explanada, seguramente sus risas no tenían nada que ver conmigo, pero sentí un tinte de burla personal. Y de repente, ahí estaba, el salón 26, había pasado frente a él al menos dos veces, que idiota me sentí.

Toqué la puerta, apenado. El profesor me dejó entrar. Apenas puse un pie dentro y recibí un sermón de 20 minutos (seguramente fueron más) sobre la importancia de la puntualidad, los valores y sobre lo perdida que estaba mi generación. Reí internamente, pero mostré un rostro serio y lleno de arrepentimiento mientras me hablaba. Era un profesor de la vieja escuela, de los que, si aún se pudiera, reprenderían a sus alumnos con un reglazo en las piernas. Tenía aproximadamente 65 años y llevaba impartiendo cátedra durante 30. Poco me importaba su amplio currículo y experiencia, eso no me hacía respetarlo. Durante su largo discurso no pude dejar de observar una mancha de cátsup en su camiseta y sus axilas sudorosas al levantar los brazos.

Finalmente terminó el sermón. Pasamos a las presentaciones. Miré un poco el panorama, mis compañeros parecían normales, regiomontanos promedio. El primer alumno comenzó a hablar; nos dijo su nombre, contó sus pasatiempos favoritos, pero conforme seguía presentándose, su discurso se intensificaba, por alguna extraña razón nos contó sus problemas más íntimos y sus ojos parecían llenarse de lágrimas. Y de repente, la puerta se abrió de golpe. Detrás de ella, se apreció una silueta acompañada de una respiración agitada. El maestro se molestó, pero decidió no gastar más saliva en sermones, ya había soltado su rabia en mí. Invitó a pasar a la persona que reflejaba la sombra y lo obligó a presentarse en ese momento.

Apenas entró por la puerta supe que era extraño. Su mirada estaba perdida, parecía casi de un loco. Tenía el cabello alborotado y grasiento; una fea, incompleta y descuidada barba. Lucía un viejo jersey del Club de Fútbol Monterrey con un par de agujeros en la espalda y una mancha de cloro al frente, llevaba un short que muy apenas le cubría los genitales, parecido al de un futbolista de los 80’s. Estaba sumamente sudado, se notaba que había corrido para no llegar más tarde.

Su presentación fue breve, nos dijo su nombre: Humberto Beltrán. Había elegido la carrera en periodismo para sentarse en las mesas de discusión de los grandes medios deportivos. Vivía y respiraba fútbol. Conocía cada resultado de la liga mexicana, inglesa, italiana y hasta china. Se declaró ferviente hincha de los Rayados, perteneciente a la barra de la Adicción. Su sueño era mentarle la madre a David Faitelson cuando insultara a su amado club en un programa en vivo de ESPN. Tartamudeó por lo menos unas 9 veces durante su presentación.

Los días pasaron y Humberto seguía siendo el mismo obsesionado con el fútbol que conocimos el primer día. Era imposible sostener una conversación seria con él, siempre desviaba el tema hacia los Rayados, a veces a los Tigres. Alguna vez conocí a gente que odiaba al rival de la región, pero Humberto lo llevaba a otro nivel.

Su presencia era incómoda y divagaba al hablar. Decía una frase que parecía dicha en otro idioma y culminaba con una risa extraña, mostrando sus amarillentos dientes que te hacían sentir intimidado. Los demás compañeros lo hacían a un lado. Poco a poco fue apartado. Pero yo veía algo interesante en él, no sabía por qué, simplemente era una curiosidad morbosa por el bicho raro. No era lástima, nunca me gustó acercarme a la gente por lástima, era un desconocido instinto que me hacía tener una fijación por su rareza. Éramos polos opuestos, yo era extrovertido, incluso llamado líder por algunos, nunca lo creí, pero no me molestaba que lo mencionaran, alimentaba inconscientemente mi ego. Humberto era todo lo contrario, pero sentí un fenómeno interno que me hacía ver algo de mí en él y viceversa.

Durante el semestre, vi que Humberto abordaba ocasionalmente el mismo colectivo que yo: la famosa y saturada ruta 209, utilizada por casi todos los estudihambres del campus Mederos. No me sentaba junto a él, pero lo observaba a dos asientos de distancia. Él siempre seguía la misma rutina, se ponía los audífonos y sacaba un libro. Las primeras veces no logré percatarme de su lectura, pero posteriormente observé las obras que leía. Me pareció impactante, casi surreal, enterarme que, el bicho raro que la gente no bajaba de idiota por su banal conversación, disfrutaba de Nietzsche, Heidegger, Kierkegaard y Foucault, entre muchos otros filósofos de alto renombre.

Después de unos días copié su rutina. Yo había sido un gran aficionado a la lectura durante el bachillerato, pero con el pasar del tiempo había dejado ese hábito. Además, consideraba que acercarme con un buen libro sería un excelente rompe hielo para hablar con Humberto.

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El plan funcionó, un jueves me senté junto a él y comenzamos a hablar. Al principio su conversación fue la misma de siempre, los Rayados. Pero seguí indagando, conforme le pregunté por los libros que leía, me fui adentrando más y más profundamente en su pensar, mientras más hablaba con él, parecía más interesante. Logró explicarme clara y sencillamente el fenómeno del mundo como representación de Schopenhauer en un trayecto de 1 hora en el camión. Quedé fascinado por la fluidez e intelecto que mostró, características que nunca antes había presentado. He de admitir que sentí cierta envidia por todo su conocimiento. Yo aparentaba entender sobre filosofía, él, la entendía.

Con el tiempo nos convertimos en grandes amigos, teníamos profundas conversaciones sobre literatura, psicología y arte. Nos transformábamos en gigantes filosóficos en cuanto subíamos al autobús. Me decía que pertenecer a La Adicción era como vivir en un eterno carnaval. Citaba a grandes autores y pensadores, pero consideraba que ninguno de ellos lo guiaba en el sentido de la vida como lo hacía el amor por la Pandilla. Se dejaba llevar por los bombos que retumbaban en el estadio y entonaba los cánticos de la raya con el mismo entusiasmo que lo haría un patriota cantando el himno nacional.

Él escribía poesía, me comentó que realizaba sonetos relacionados al fútbol, me pareció curioso y me burlé en un par de ocasiones, pero cuando recitó algunos de sus escritos quedé atónito con la fluidez y ritmo de su obra.

Ocasionalmente conversábamos sobre nuestros problemas personales. Tenía 21. Humberto me contó que no tenía madre ni padre, vivía con una tía desde que era un bebé. Su padre falleció cuando era un recién nacido y su madre lo abandonó a los tres, desde ese momento tomó un gran amor hacia los colores del Monterrey, y convirtió a la Adicción en su familia. Le pregunté si no le parecía estúpido de vez en cuando el fútbol, casi me arranca la cabeza cuando lo mencioné. Me dijo que estaría dispuesto a dar la vida por su equipo y por cualquier integrante de la barra. Todos lo habían hecho a un lado, y la hinchada de los Rayados lo había arropado. Apenas llegó a la mayoría de edad y cambio su nombre original, el cual era Santiago, a Humberto, por el gran ‘Chupete’ Suazo. Poco le importaba un nombre que le había asignado gente que nunca conoció.

Apenas bajábamos del camión y nos convertíamos en desconocidos totales. El trayecto a casa era el único lugar donde nos dirigíamos la palabra. En el salón de clases no teníamos siquiera contacto visual. Yo hablaba mal de él y él hablaba mal de mí. Me decía pedante ególatra de primera a mis espaldas, mientras yo lo llamaba un pendejo zombie del fútbol. Pero ambos nos respetábamos y admirábamos secretamente. Manejábamos un sigilo perfecto para guardar una pequeña parte de nuestra personalidad. Mostrando nuestra dualidad filosófica y poética sólo en esos pequeños momentos.

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Las vacaciones llegaron y perdí el contacto con Humberto, nunca compartimos teléfonos o algo parecido. Fue un verano promedio, viajé a la playa con mi familia. Realmente no disfruté mi estancia. Ese verano no quise saber de nada o nadie, viví en los libros de filosofía alemana, intentando entenderlos tan fácilmente como Humberto. No lo logré. Dejé pasar el verano esperando al primer día del segundo semestre. Quería presumir en la conversación del colectivo todo lo que aprendí.

Llegó el ansiado día, finalmente regresé a clases. Humberto faltó a la primera lección, también a la segunda y yo no asistí a la tercera. No me pareció extraño, ya que Humberto solía faltar seguido durante el semestre anterior. Los días pasaron, después meses y no volvió a presentarse. Decaí un poco debido a que la persona que me impulsaba a seguir aprendiendo y con quien disfrutaba de profundas conversaciones no volvería, pero tarde o temprano lo dejaría pasar.

Fue a final de semestre cuando una compañera me hizo llegar un viejo periódico, tenía 6 meses de antigüedad. La nota que me mostró relataba que un hincha del Monterrey había sido asesinado a golpes en las afueras del estadio Corona por un grupo de 5 aficionados rivales durante un encuentro frente al Santos Laguna. El individuo no tuvo la oportunidad para defenderse ya que lo habían atacado por la espalda para después molerlo a patadas. El nombre de la víctima era Humberto Beltrán. Lo nombraron “El mártir de la Adicción”.

A los pocos días me enteré que la directiva del Club de Fútbol Monterrey decidió colocar una placa en su honor a las afueras del estadio BBVA. La placa decía “En honor al hincha más grande de los Rayados”. Me lamenté durante algunos días, pero finalmente comprendí que había realizado lo que parecía su sueño, dar la vida por lo que tanto amó, su equipo.

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Texto: Fabrizio Langarica


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