Hay directores que hacen películas y hay directores que parecen incapaces de pensar en algo que no sea gigantesco. Christopher Nolan pertenece definitivamente al segundo grupo. Después de jugar con los sueños en El Origen, doblar el tiempo en Interestelar, enredar a medio planeta con Tenet y ganar el Oscar con Oppenheimer, el cineasta británico decidió enfrentarse a uno de los relatos más influyentes de la historia: La Odisea de Homero.
La buena noticia es que no estamos ante una clase de literatura griega de tres horas. La mejor noticia es que tampoco se siente como una tarea escolar disfrazada de blockbuster.
Con un elenco tan absurdo que parece una lista de invitados de los Oscar —Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, Elliot Page, Jon Bernthal, Mia Goth y John Leguizamo, entre muchos otros—, Nolan construye una aventura épica que, como suele ocurrir en su cine, juega con distintas líneas temporales. Sin embargo, y para sorpresa de quienes todavía tienen pesadillas intentando explicar Tenet, esta vez la narrativa resulta bastante accesible.
La historia sigue siendo la del largo regreso de Odiseo a Ítaca tras la Guerra de Troya, pero Nolan encuentra algo particularmente interesante en el concepto de la xenía, la hospitalidad sagrada de la cultura griega. Puede parecer un detalle menor frente a monstruos, dioses y batallas, pero termina convirtiéndose en uno de los temas más relevantes de la película: cómo tratamos al extraño dice mucho más de nosotros que cualquier discurso heroico.
Visualmente, la película es exactamente lo que uno espera de Nolan trabajando junto al fotógrafo Hoyte van Hoytema. Cada encuadre parece diseñado para justificar la existencia de las pantallas IMAX. Los paisajes, los barcos, las tormentas y los enfrentamientos poseen una escala monumental que recuerda al cine épico clásico, ese que aspiraba a ser más grande que la vida misma sin preocuparse demasiado por las tendencias de TikTok.
Y aunque los dioses sobrevuelan constantemente el relato, Nolan mantiene los pies relativamente en la tierra. Hay rituales, sacrificios, criaturas legendarias y elementos fantásticos, pero el director parece más interesado en los dilemas humanos: la culpa, la ambición, la venganza y la obsesión por volver a casa.
Ahora bien, tampoco estamos frente a una obra maestra indiscutible. La película entretiene mucho más de lo que emociona. Admiramos constantemente lo que ocurre en pantalla, pero pocas veces logramos conectar emocionalmente con ello. Además, la batalla final se extiende más de lo necesario y algunas decisiones narrativas seguramente harán fruncir el ceño a los puristas que consideran a Homero territorio sagrado.
Pero siendo honestos, esas son objeciones relativamente pequeñas frente a una producción que se atreve a recuperar el espíritu del gran cine de aventuras. En una época donde muchas superproducciones parecen diseñadas por comités de marketing, La Odisea se siente como la visión de un director obsesionado con contar una historia a gran escala.
¿Es la mejor película de Nolan? No.
¿Está a la altura de El caballero de la noche, Interestelar u Oppenheimer? Tampoco.
¿Vale la pena verla en la pantalla más grande posible? Absolutamente.
La Odisea es una buena película, con secuencias emocionantes, imágenes espectaculares y suficientes ideas para mantener la conversación después de salir del cine. No redefine el género épico ni será recordada como la obra definitiva de Christopher Nolan, pero sí demuestra que todavía existen directores dispuestos a apostar por el espectáculo cinematográfico en su forma más ambiciosa.
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