Hay películas sobre el éxito y hay películas sobre todo lo que pasa cuando el éxito nunca llega. Letras Robadas dirigida por John Carney (Once, Begin Again y Sing Street), pertenece a la segunda categoría y encuentra ahí buena parte de su encanto. La cinta ya está en cines y llega de la mano de Cinépolis Distribución.
La historia sigue a Pat (Paul Rudd), un músico estadounidense que dejó atrás sus aspiraciones de convertirse en estrella de rock para quedarse en Irlanda construyendo una vida más estable. El problema es que los sueños tienen la mala costumbre de regresar cuando menos los invitas. La aparición de Danny (Nick Jonas), una figura que parece haber encontrado el reconocimiento que Pat nunca tuvo, desata una serie de conflictos sobre la autoría, el ego, la frustración y esa pregunta incómoda que muchas personas se hacen al llegar a los treinta: ¿Y si no terminé siendo quien imaginaba?
Lo mejor de la película está precisamente en ese terreno. Carney vuelve a demostrar que entiende como pocos la relación entre la música y las emociones humanas. Aquí las canciones no son adornos ni videoclips disfrazados de cine; funcionan como una extensión de los personajes y de sus inseguridades.
Paul Rudd entrega una actuación entrañable y melancólica. Su personaje tiene el carisma habitual del actor, pero también una tristeza silenciosa que resulta fácil de reconocer.
Eso sí, Letras Robadas no siempre confía en la inteligencia del espectador. En algunos momentos explica demasiado sus temas y recurre a situaciones que resultan más evidentes de lo necesario. Es como ese amigo que cuenta un chiste y luego te explica por qué era gracioso. Gracias, pero ya habíamos entendido.
Afortunadamente, la sensibilidad de Carney y los hermosos paisajes irlandeses compensan esos tropiezos. La cinta mantiene un tono cálido y humano que hace que sus casi dos horas transcurran con facilidad.
Para quienes crecieron creyendo que antes de los 30 ya tendrían la vida resuelta, una carrera exitosa y quizá hasta una casa con jardín, Letras Robadas funciona como un recordatorio amable de que el camino rara vez sale según el plan. Y que a veces las segundas oportunidades llegan desafinadas, pero siguen siendo oportunidades.
Una película emotiva, honesta y musicalmente atractiva que quizá no alcance las mejores notas de John Carney, pero que encuentra suficiente corazón para conectar con una generación acostumbrada a comparar sus sueños con los logros de los demás. Y sí, después de verla probablemente terminarás cuestionando tus decisiones de vida, pero al menos con buena música de fondo.
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