Disney sigue empeñado en convertir todo su catálogo animado en live action. Después de los tropiezos comerciales y creativos de Blancanieves y las opiniones divididas que dejó La Sirenita, ahora es el turno de Moana, una de las películas más queridas de la última década. El problema es que esta nueva versión llega a los cines menos de diez años después del estreno de la original, dejando una pregunta inevitable: ¿Realmente era necesaria?
La respuesta, tras verla, parece ser más financiera que artística.
El éxito masivo de Moana 2, que superó los mil millones de dólares en taquilla durante 2024, seguramente convenció a Disney de que era momento de explotar aún más la franquicia. Sin embargo, el resultado es una producción que se siente apresurada y que rara vez justifica su propia existencia.
Desde los primeros minutos queda claro que estamos ante un gigantesco ejercicio de “copiar y pegar”. La película reproduce prácticamente cada momento icónico de la versión animada, pero sin aportar nuevas ideas, perspectivas o emociones. Lo que antes era una aventura vibrante y llena de energía, aquí se convierte en una recreación mecánica que parece más preocupada por marcar casillas que por contar una historia.
Y copiar no siempre significa igualar.
Uno de los principales problemas de Moana es que nunca encuentra una identidad propia. En lugar de reinterpretar el material original, se limita a repetirlo escena por escena. El resultado es una cinta atrapada entre la nostalgia y la falta de creatividad, incapaz de decidir si quiere rendir homenaje o simplemente reciclar.
La primera media hora es especialmente problemática. La presentación de personajes ocurre de forma apresurada y superficial, mientras el ritmo avanza a ritmo lento, muy lento.
Tampoco ayudan los efectos visuales. Aunque Disney presume presupuestos multimillonarios, gran parte de la película luce artificial. Las pantallas verdes son evidentes en múltiples secuencias y muchas locaciones transmiten la sensación de estar viendo un enorme estudio disfrazado de paraíso tropical. La magia visual que caracterizaba a la animación original desaparece bajo capas de efectos digitales poco convincentes.
El apartado de maquillaje y peluquería tampoco sale bien librado. En una producción de esta escala resulta sorprendente encontrar caracterizaciones que lucen poco naturales y que terminan reforzando la sensación general de artificio que persigue a la película durante todo su metraje.
Lo más frustrante es que los mejores momentos de Moana llegan únicamente cuando logra imitar con precisión a la animación. Pero cuando intenta caminar por sí sola, tropieza constantemente. Los problemas de ritmo, tono y narrativa se acumulan hasta desembocar en un tercer acto apresurado, caótico y emocionalmente mucho menos efectivo que el de su contraparte animada.
La actuación de su protagonista cumple correctamente con el reto de interpretar a una heroína tan querida, pero ni siquiera su esfuerzo logra rescatar un guion que parece conformarse con existir a la sombra de una película mejor.
Al final, Moana representa todo lo que está fallando en la estrategia actual de Disney: remakes que nacen de la nostalgia, pero olvidan que la nostalgia por sí sola no es creatividad. Es una versión deslucida, sin personalidad y visualmente inconsistente de una historia que sigue funcionando mucho mejor en su formato original.
Si nunca viste la animación, probablemente encontrarás una aventura entretenida. Pero si creciste con la Moana de 2016, esta nueva versión se siente como una fotografía borrosa de un recuerdo que todavía sigue siendo mucho más hermoso en tu memoria.
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