Hay secuelas que quieren superar a su antecesora y otras que parecen haberle declarado una guerra personal. Godzilla Minus Zero pertenece a la segunda categoría: más grande, más ruidosa, más espectacular y, por supuesto, con un monstruo que parece haberle metido horas al gimnasio. El problema es que, mientras Godzilla crece en proporciones épicas, el guión no necesariamente corre con la misma suerte.
Ambientada en 1949, dos años después de los acontecimientos de Godzilla Minus One, la película de Takashi Yamazaki recupera a Koichi, Noriko y la pequeña Akiko, quiénes intentan reconstruir sus vidas en un Japón que apenas comienza a levantarse de las cenizas de la guerra y de la devastación provocada por el monstruo. Pero la tranquilidad dura lo que un suspiro: nuevas amenazas aparecen y la humanidad vuelve a descubrir que vivir en Japón puede ser una actividad de alto riesgo cuando las criaturas gigantes deciden salir de paseo.
La propuesta tiene ambición de sobra. Incorpora nuevas criaturas, amplía el universo del kaiju y eleva considerablemente la escala de destrucción. Las secuencias de acción son imponentes, especialmente en IMAX, donde cada rugido, explosión y edificio reducido a escombros justifica el precio del boleto. Aquí Toho no vino a jugar a las casitas: vino a demolerlas.
Sin embargo, entre tanto espectáculo hay un pequeño inconveniente: la película parece confundir intensidad con profundidad. El drama familiar, la culpa, el sacrificio y las heridas de la posguerra vuelven a ocupar un lugar central, pero esta vez están tan subrayados que por momentos parecen necesitar música de violines y un letrero luminoso que diga: ¡Atención, esta escena es emocional!
A diferencia de Minus One, donde el drama humano conseguía equilibrar perfectamente el espectáculo y darle sentido a la tragedia, aquí los personajes quedan algo atrapados entre monstruos gigantes y discursos demasiado explicativos. Hay momentos emotivos, sí, pero no todos consiguen aterrizar con la fuerza que pretenden.
Lo verdaderamente interesante sigue siendo el trasfondo histórico. Godzilla funciona nuevamente como una representación de los horrores de la guerra, la amenaza nuclear y una sociedad que intenta recuperarse de una destrucción que no pidió. La metáfora continúa vigente, aunque esta vez venga acompañada de más criaturas, más efectos visuales y una considerable cantidad de edificios que no sobrevivirán a los créditos.
Visualmente es una experiencia disfrutable, aunque algunos fondos artificiales y ciertos efectos que parecen recordar demasiado al cine de otras épocas, hacen que uno dude si está viendo una decisión estética retro o si el presupuesto también sufrió los estragos de Godzilla.
Godzilla Minus Zero es una secuela entretenida, ambiciosa y espectacular, pero menos equilibrada y conmovedora que su predecesora. Tiene músculo, tiene rugidos y tiene destrucción para repartir; lo que le falta es un poco de ese corazón que convirtió a Minus One en algo más que una película de monstruos.
Al final, Godzilla vuelve a demostrar que puede destruir una ciudad entera, pero ni siquiera él consigue derribar las expectativas que dejó su película anterior. Y eso sí que es un verdadero monstruo.
La cinta se estrena este 5 de noviembre en todo el país.
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