Hay películas que te conquistan por su historia y otras que, al menos, tienen la decencia de hacerlo por los ojos. Campeón Gabacho pertenece, principalmente, a la segunda categoría. Jonás Cuarón regresa a la ficción con una adaptación de la novela homónima de Aura Xilonen y construye un universo visualmente atractivo, irreverente y pensado para una generación que consume imágenes a la velocidad de un video de TikTok. 

La historia sigue a Liborio, un joven mexicano que cruza la frontera buscando una vida mejor y termina encontrando en el boxeo una posibilidad de supervivencia, reconocimiento y autodescubrimiento. Interpretado por Juan Daniel García Treviño, el protagonista pasa de trabajar en una librería a convertirse en una especie de fenómeno callejero. Su talento para repartir golpes parece inversamente proporcional a su capacidad para relacionarse con el mundo. Y vaya que tiene problemas con el mundo. 

Lo más interesante de la película está en su factura visual: la ruptura de la cuarta pared, el diseño de producción, la dirección de arte, el vestuario y el maquillaje construyen una realidad deliberadamente exagerada, casi de cómic, donde Liborio bien podría ser un superhéroe de barrio. Cuarón entiende que la forma también cuenta historias y apuesta por una estética que se aleja del realismo solemne con el que frecuentemente se retrata la migración. Aquí hay energía, estilización y una identidad visual que consigue atrapar la mirada. 

El problema aparece cuando la película pretende que su protagonista nos caiga bien por decreto. Liborio puede resultar irritante, hosco y emocionalmente inaccesible; su costumbre de lamerse las heridas llega a ser reiterativa, aunque también funciona como una metáfora bastante evidente de alguien que solo conoce la supervivencia a través del dolor. Porque sí, hay personas que, sin herramientas emocionales ni redes de apoyo, aprenden a vivir como si el mundo entero fuera una pelea clandestina. Comprenderlo no significa justificar cada una de sus conductas, y la cinta no siempre encuentra el equilibrio entre ambas cosas.

Rubén Blades aporta humanidad y calidez como mentor, convirtiéndose en uno de los principales contrapesos de una galería de personajes que, por momentos, parecen más caricaturas que personas. La música también suma puntos: con una banda sonora que reúne nombres como Maluma, Alemán, Santa Fe Klan, Anitta y Los Tigres del Norte, entre otros, la película consigue una identidad sonora contemporánea que acompaña su propuesta visual. 

En cambio, los diálogos y la narración de Liborio no siempre funcionan. Algunas escenas parecen empeñadas en recordarnos que estamos viendo literatura puesta en pantalla, incluso cuando la dicción y el ritmo dificultan seguir lo que sucede. Y cuando la película intenta profundizar, no tarda en desmontar la solemnidad con un chiste. El humor puede ser una gran herramienta, pero aquí no siempre aterriza de pie. 

Campeón Gabacho es una propuesta visualmente estimulante, con personalidad y una intención clara, pero con tropiezos narrativos que le impiden conectar emocionalmente con la misma fuerza con la que deslumbra en pantalla. Tiene más estilo que sutileza y más golpes que matices. Aun así, vale la pena verla por su apuesta estética y por intentar contar la experiencia migrante desde un lenguaje menos convencional. 

No estamos ante un nocaut cinematográfico, pero sí ante una película que sabe posar para la cámara. Y en estos tiempos, al menos, eso ya es parte del espectáculo.  

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