Hay películas tan malas que provocan indignación y otras que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en el plan perfecto para un viernes por la noche. Aniquilación, con Adria Arjona y dirigida por Adam Wingard, parece pertenecer a la segunda categoría: una cinta que muy bien pudo haberse estrenado directamente en Golden Choice, después de las once de la noche, con comerciales de películas todavía más cuestionables. Y, curiosamente, quizá ahí habría encontrado a su público ideal. 

La premisa tiene potencial: una madre con habilidades extraordinarias debe proteger a su familia de una amenaza surgida de una instalación militar secreta. Soldados modificados, experimentos turbios, científicos desquiciados y un gobierno que evidentemente no aprendió nada de sus errores. ¿Qué podría salir mal? Bueno, prácticamente todo lo que necesita una película para pasar de ser un entretenimiento delirante a una producción que parece armada con piezas sobrantes de otras cinco cintas. 

Wingard, que ha demostrado tener talento para el cine de género, parece aquí más interesado en juntar referencias que en construir una identidad propia. Hay ecos de John Carpenter, guiños al cine de asedio, criaturas que recuerdan a los asesinos imparables del terror clásico y una conspiración militar que pretende darle profundidad política al asunto. 

La película intenta vendernos una crítica al poder militar y a los experimentos gubernamentales, pero en cuanto aparecen los soldados asesinos, cualquier intención reflexiva sale corriendo por la puerta de emergencia. Lo que sigue es una sucesión de persecuciones, enfrentamientos y personajes que parecen existir únicamente para descubrir qué tan rápido pueden morir. El guion, por momentos, tiene la profundidad de una alberca inflable: hay movimiento, hay ruido y hasta parece que algo está pasando, pero no conviene buscar demasiado fondo.

Adria Arjona hace lo posible por darle humanidad a su protagonista. Su interpretación intenta sostener el componente emocional, mientras el resto de la película parece empeñado en recordarnos que aquí lo importante es correr, disparar y sobrevivir. Dan Stevens, por su parte, aporta esa presencia de científico perturbador que parece disfrutar demasiado de sus experimentos, aunque tampoco consigue que el conjunto alcance el nivel de locura que promete. Y es precisamente ahí donde está la gran oportunidad perdida: Aniquilación necesitaba abrazar su propia demencia. Si iba a ofrecer soldados monstruosos, conspiraciones militares y violencia exagerada, podía hacerlo con mayor imaginación visual, humor negro y una puesta en escena menos rutinaria. No hacía falta reinventar el cine, pero sí demostrar que detrás de tanta balacera había alguien con ganas de contar algo. 

Porque esta película tiene muchísimo de aquellas producciones que uno encontraba en Golden Choice durante los años noventa: esas que veías por curiosidad, te burlabas de sus diálogos, cuestionabas las decisiones de sus protagonistas y, cuando llegaban los créditos, terminabas diciendo: ¡Qué mala está… pero me divertí! 

El inconveniente es que Aniquilación parece quedarse atrapada entre querer ser una película de culto y conformarse con ser una más del montón. Le falta personalidad para convertirse en una locura inolvidable y le sobra solemnidad para funcionar como un espectáculo descaradamente absurdo. 

Aniquilación no es el desastre cinematográfico definitivo, pero tampoco es el bombazo que su premisa promete. Es una película de esas que habrían encontrado su lugar perfecto en la televisión nocturna: palomitas, expectativas bajas y cero culpas cinéfilas. En pantalla grande, uno espera algo más; un viernes a medianoche, quizá hasta habría sido un clásico de culto. De esos que no recomiendas con orgullo, sino con una advertencia y una sonrisa: Está malísima, pero ponla; nos vamos a divertir. 

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