Hay películas que nos llevan a Marte y otras que, con suerte, consiguen aterrizar en una buena idea. AMarte, dirigida por Roberto Girault, pertenece lamentablemente a la segunda categoría, aunque ni siquiera logra completar el viaje. Lo que prometía ser una comedia romántica peculiar termina convertido en un desfile de lugares comunes, actuaciones deslucidas y situaciones tan absurdas que uno empieza a calcular cuánto falta para los créditos finales. 

La premisa tiene potencial. Celestino, un ilustrador y guionista de cómics que vive al margen de las convenciones junto a sus dos hermanos, gana un viaje a Marte. Su tranquila existencia cambia cuando una noche se cruza con una actriz de enorme fama, quien enfrenta en secreto una enfermedad crítica mientras su entorno convierte su intimidad en mercancía. El encuentro entre dos mundos opuestos podría dar pie a una historia sobre la soledad, la fama, la vulnerabilidad y la necesidad de conectar con alguien sin importar de dónde venga. 

Suena bien. Incluso recuerda a Notting Hill, aquella comedia romántica que demostró que el encuentro entre una celebridad y una persona común podía funcionar sin necesidad de reinventar la rueda. El problema es que una cosa es inspirarse en una fórmula y otra muy distinta es copiar sus coordenadas sin entender cómo hacer que el viaje funcione. 

El guion de AMarte anticipa sus giros con tanta facilidad que el espectador experimentado lleva varios kilómetros de ventaja. Los malentendidos y las situaciones disparatadas pretenden alimentar el romance, pero terminan sintiéndose como recursos de emergencia para mantener a flote una historia que nunca encuentra su propio ritmo. Y entonces llega uno de esos momentos que resumen perfectamente el desastre: los personajes supuestamente quieren pasar desapercibidos, así que deciden disfrazarse de astronautas. Hasta ahí, podría concedérsele cierta licencia a la comedia. Pero después terminan cantando y bailando de manera exagerada en un bar. Todo esto mientras intentamos creer que ella es una de las actrices más famosas de México. ¿La discreción? Bien, gracias. La lógica también salió por la puerta de emergencia. 

Las actuaciones de Cassandra Sánchez Navarro y José María de Tavira tampoco consiguen rescatar el material. No necesariamente por falta de talento, sino porque un guion tan flojo ofrece poco espacio para construir personajes convincentes. Jesús Zavala, como Suso, el hermano científico de Celestino, cae en una caracterización excesivamente caricaturesca, mientras David Chocarro apuesta por un personaje de actitud rockera y seguridad desbordante que tampoco termina de cuajar. 

La producción, por su parte, evidencia sus limitaciones. Los efectos especiales tienen poco de especiales y ciertos detalles visuales distraen más de lo que deberían. En una escena hospitalaria, las vendas de la protagonista se ven sospechosamente aguadas y, pese a encontrarse supuestamente en coma, sus uñas de gel con diseño de punta diamante parecen listas para una sesión de fotos. El problema no es la manicura: es la falta de coherencia visual en una película que pretende combinar enfermedad, drama y romance. 

Si AMarte se asumiera por completo como una farsa, quizá podríamos aceptar semejantes excesos. Pero intenta ser una comedia romántica con momentos dramáticos y termina sin dominar ninguno de los dos registros. Los chistes que no provocan risa, los diálogos previsibles y los lugares comunes se acumulan hasta convertir la experiencia en una prueba de paciencia. Llega un momento en que uno ya no espera que la historia despegue: simplemente suplica que aterrice. 

Roberto Girault, director de El estudiante, película que sí tenía elementos interesantes y una propuesta más definida, entrega aquí un trabajo que queda muy por debajo de lo esperado. La intención de contar una historia entrañable está ahí; la ejecución, lamentablemente, no. 

Eso sí, hay algo que vale la pena reconocer: tanto El estudiante como AMarte se filmaron fuera de la Ciudad de México. En una industria donde la capital concentra buena parte de la actividad cinematográfica, descentralizar las producciones es positivo y necesario para abrir oportunidades a otras regiones del país. Pero una buena intención no convierte automáticamente una película en una buena película. Y esa es la lección que deja AMarte: el cine mexicano no necesita imitar las fórmulas hollywoodenses como si fueran instrucciones de supervivencia. Necesita mejores guiones, personajes creíbles, humor bien construido y la confianza suficiente para contar historias con identidad propia. 

AMarte es muy mala. Demasiado mala para una premisa que tenía posibilidades y un reparto que merecía mejores herramientas. Un buen intento, sí, pero mal logrado. Porque para llegar a las estrellas no basta con ponerse un traje de astronauta: también hay que saber escribir el viaje. 

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