Hay historias que se niegan a morir, aunque la industria cinematográfica insista en vestirlas con nuevos trajes, cambiarles el peinado y presentarlas como si acabaran de descubrir el amor. Sensatez y Sentimiento (2026), la enésima adaptación de la novela de Jane Austen, regresa a la pantalla con romances imposibles, conflictos familiares y suficientes miradas cargadas de intención como para alimentar tres temporadas de cualquier serie de época. 

Dirigida por Georgia Oakley y escrita por Diana Reid, esta nueva versión cumple con los requisitos del melodrama romántico: vestuario impecable, paisajes de postal, casas señoriales y mujeres atrapadas entre lo que desean y lo que la sociedad les permite. Porque si algo nos enseña la Inglaterra del siglo XIX es que tener dinero, apellido y una propiedad resulta bastante más útil para conseguir marido que tener personalidad, talento o una cuenta bancaria independiente. 

La historia sigue a Elinor y Marianne Dashwood, dos hermanas que enfrentan la precariedad económica y las restricciones sociales mientras intentan descifrar ese complicado deporte llamado enamoramiento. Elinor representa la prudencia y la contención emocional; Marianne, la pasión y el impulso. Una piensa antes de sentir y la otra siente antes de pensar. En otras palabras, una lee los términos y condiciones y la otra acepta todo porque el muchacho tiene una sonrisa encantadora. 

Sensatez y Sentimiento encuentra sus mejores momentos en el humor negro y en las pequeñas miserias de una sociedad donde las mujeres dependen de los intereses económicos y las decisiones de sus familiares. Detrás de los vestidos elegantes y los modales refinados hay ambición, mezquindad y una colección de hombres que parecen creer que el compromiso afectivo es un favor que le hacen a la humanidad. Austen, por supuesto, ya había detectado todo esto hace más de dos siglos: cambian las aplicaciones de citas, pero el catálogo de decepciones sentimentales sigue bastante nutrido. 

George MacKay aporta contención a Edward Ferrars, mientras Frank Dillane dota a Willoughby de ese encanto peligroso que hace que una persona confunda las señales de alarma con fuegos artificiales románticos. El reparto sostiene una historia que se beneficia de sus interpretaciones y de una factura visual cuidada, aunque sus encuadres preciosistas y sus paisajes de calendario ocasionalmente parezcan más interesados en conseguir una postal bonita que en profundizar en las contradicciones de sus personajes. 

Y aquí aparece el principal problema: esta adaptación resulta agradable, pero difícilmente indispensable. No alcanza la fuerza de la versión de Ang Lee de 1995, aquella que consiguió siete nominaciones al Óscar y ganó la estatuilla al mejor guion adaptado, escrito por Emma Thompson. La nueva película conserva el encanto del material original, pero juega demasiado a lo seguro. Actualiza la envoltura sin transformar sustancialmente el contenido; una operación cinematográfica equivalente a cambiarle la funda al celular y anunciar que estrenaste teléfono. 

¿Eso la convierte en una mala película? No necesariamente. Su mayor virtud consiste en acercar a nuevas generaciones a una autora cuya mirada sobre el dinero, el matrimonio y las desigualdades sociales continúa vigente. El problema es que, en tiempos donde las relaciones, los roles de género y las expectativas afectivas están sujetos a nuevas discusiones, la película apenas roza algunas posibilidades de reinterpretación que habría valido la pena explorar. 

Sensatez y Sentimiento (2026) es una cita obligada únicamente para quienes disfrutan las comedias románticas, las chick flicks y los romances de época; especialmente para las personas románticas o románticas empedernidas que todavía esperan encontrar ese primer amor prístino, capaz de sobrevivir a los malentendidos, las diferencias sociales y una cantidad indecente de sufrimiento antes del beso final. 

Si eres de quienes prefieren el cine que rompe esquemas, cuestiona sus propias fórmulas y propone algo más que un suspiro entre dos carruajes, quizá encuentres esta versión demasiado correcta para enamorarte. Pero si tu corazón todavía cree en las declaraciones bajo la lluvia, las miradas eternas y los hombres que necesitan dos horas de película para expresar lo que sienten, prepara el pañuelo. 

A veces, el verdadero viaje al pasado no consiste en regresar a la Inglaterra de Jane Austen, sino en descubrir que todavía hay quienes consideran que sufrir por amor es una prueba irrefutable de que el romance vale la pena. 

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