Hay películas que envejecen mal, otras que envejecen bien y están las que, inexplicablemente, se convierten en mejores películas con el paso del tiempo. Hechizo de Amor (Practical Magic) pertenece descaradamente al tercer grupo. Cuando llegó a los cines en 1998, la crítica no fue precisamente a comprarle flores a las hermanas Owens: Rotten Tomatoes actualmente registra apenas 30% de aprobación entre críticos.
Y así llegamos a Hechizo de Amor: La Magia Continua (Practical Magic 2), casi 28 años después, porque aparentemente en el mundo de las brujas también existe el trámite burocrático de esperar una eternidad para conseguir una secuela.
Sandra Bullock y Nicole Kidman regresan como Sally y Gillian Owens, mientras Stockard Channing y Dianne Wiest vuelven como las inolvidables tías Frances y Jet. A ellas se suman Joey King y Maisie Williams, entre otros rostros nuevos. La película retoma la historia familiar desde otra generación, con una nueva maldición, magia ancestral y los inevitables problemas sentimentales que parecen ser requisito constitucional para cualquier integrante de la familia Owens.
Bullock, además de protagonizar, produce junto con Kidman y Denise Di Novi, quien también estuvo detrás de la cinta original. La intención es evidente: no hacer solamente una secuela, sino recuperar una parte de la memoria emocional de quienes crecieron con aquella película y entregársela a quienes apenas están descubriendo el aquelarre.
Y aquí está uno de los mayores aciertos: Hechizo de Amor: La Magia Continua entiende que la nostalgia ya no pertenece exclusivamente a quienes vieron la primera en 1998. Las redes sociales, el streaming y la cultura de culto hicieron que madres, hijas y nuevas generaciones encontraran juntas aquella historia de mujeres, magia y sororidad. La propia producción ha señalado cómo ese fenómeno terminó impulsando la existencia de esta segunda parte.
Pero no todo hechizo funciona. Mi principal problema está justamente en el tiempo. En la primera película, las hijas de Sally eran niñas; ahora aparecen prácticamente como jóvenes universitarias. Sí, han pasado casi tres décadas en la vida real, pero dentro de la lógica narrativa se siente como si alguien hubiera puesto la película en fast forward y olvidado avisarnos. Es el clásico “¿y estos niños cuándo crecieron?”. Una pregunta que, en este caso, ni siquiera necesita magia para aparecer.
La banda sonora, eso sí, vuelve a jugar un papel fundamental. La primera película construyó buena parte de su identidad con canciones que terminaron convirtiéndose en parte del imaginario de la cinta, particularmente la presencia de Stevie Nicks. Para la secuela se apuesta nuevamente por ese puente generacional y aparecen nombres como Olivia Rodrigo y Stevie Nicks, una combinación que prácticamente grita “Gen Z conoce a su mamá gótica”.
El problema es que la cinta no parece interesada en reinventar el caldero. Prefiere conservar la receta: familia, romance, humor, mujeres poderosas, maldiciones y una buena dosis de nostalgia. Y quizá está bien. No todas las películas tienen que cambiar el cine; algunas simplemente quieren acompañarte un domingo mientras comes algo, mandas mensajes y recuerdas que alguna vez también tuviste fleco.
¿Es mejor que la original? No ¿Es peor? Tampoco. Es, sobre todo, una secuela pasable y bastante disfrutable para un fin de semana, especialmente para quienes ya tienen cariño por las Owens. Para quienes nunca vieron la primera, la película puede seguirse sin demasiados problemas, aunque seguramente entenderán mejor el fenómeno si antes se dan una vuelta por 1998.
Al final, Hechizo de Amor: La Magia Continua no lanza un hechizo nuevo: invoca uno viejo y espera que todavía funcione. Y, para sorpresa de nadie, funciona lo suficiente.
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