En México llevamos más de un siglo cantando la historia de Rosita Alvírez. El problema es que seguimos sin aprendernos la lección. El Desaire, dirigida por Gabriel Ramos, toma aquel corrido popular y lo traslada a una historia de violencia de género que, aunque ambientada en Saltillo, podría ocurrir prácticamente a la vuelta de cualquier esquina del norte del país. La película llega a salas este 3 de septiembre después de recorrer festivales nacionales e internacionales y conseguir reconocimientos como Mejor Película y Mejor Actriz para Vico Escorcia en festivales de Suecia.
Rosa (Vico Escorcia) es una joven que trabaja en una florería para sostener a su madre y mantener vivo su proyecto de estudiar Derecho. Su vida comienza a complicarse cuando su novio Juan (Guillermo Alonso) transforma los celos en control y un cliente, Héctor (Joshua Okamoto), cruza peligrosamente la frontera entre el interés y el acoso. Lo inquietante es que la película no necesita convertirlos en monstruos de caricatura: muestra cómo la violencia puede comenzar con algo que socialmente todavía se suele minimizar: “es que está celoso”, “es que te quiere”, “es que así son los hombres”.
Y ahí El Desaire tiene uno de sus mayores aciertos: no presenta la violencia como un acontecimiento aislado, sino como una acumulación de pequeñas señales que solemos dejar pasar. El control, los celos, la intimidación y el acoso van construyendo una escalera cuyo último peldaño conocemos demasiado bien.
La propuesta también tiene un mérito que va más allá de la pantalla. El Desaire demuestra que el cine mexicano no tiene por qué seguir pasando obligatoriamente por Ciudad de México para existir. La producción fue realizada en Saltillo y reúne talento local alrededor del Epic Film Institute, la Universidad Carolina y Vanguardia. Incluso buena parte de sus locaciones pertenecen a espacios reconocibles de la ciudad. Pero una película necesaria no necesariamente es una película perfecta. Y aquí es donde hay que quitarse el sombrero de “apoyo al cine regional” y ponerse el de crítico.
El Desaire tiene momentos en los que el ritmo se toma demasiado en serio a sí mismo. La historia avanza, pero algunas escenas parecen pedirle permiso al reloj para continuar. Las constantes transiciones de Saltillo, con desplazamientos y tomas aceleradas de la ciudad, terminan repitiendo una idea visual que ya quedó clara desde la primera vez. Saltillo es bonito, sí; pero tampoco necesitamos que la película nos lo presente como si fuera una presentación de PowerPoint turístico entre cada conflicto dramático.
La musicalización tampoco siempre juega a favor. Hay momentos en los que la banda sonora subraya demasiado las emociones y empuja determinadas escenas hacia un tono casi telenovelesco. Y cuando una película está tratando un tema tan delicado, menos puede ser muchísimo más. No hace falta decirle al espectador cuándo debe sentirse angustiado: la historia ya tiene suficiente fuerza para hacerlo sola.
Donde la cinta encuentra oxígeno es en sus actuaciones. Vico Escorcia sostiene buena parte del peso dramático como Rosa, pero Karen Martí, como Irma, se roba varios de los momentos más frescos de la película. Su personaje aporta humor sin convertirse en payasa oficial del drama, un peligro bastante común cuando una película introduce al “personaje simpático” y funciona como una especie de válvula de escape frente a la tensión.
También resulta refrescante encontrar rostros y talentos que no llegan acompañados del inevitable “ya lo hemos visto en otras veinte películas”. La cinta apuesta por actores jóvenes y por una producción nacida fuera de los circuitos habituales de la industria. Y eso importa.
Porque quizá uno de los mayores méritos de El Desaire no está solamente en lo que cuenta, sino en desde dónde lo cuenta.
La película no viene a descubrir que existe la violencia contra las mujeres. Tampoco ofrece una solución mágica, ojalá el cine pudiera resolver lo que la sociedad lleva décadas empeorando. Su valor está en poner nuevamente sobre la mesa una historia conocida para demostrar que, cien años después, todavía hay demasiadas Rositas y demasiados “desaires” que terminan costando demasiado.
¿Es una gran película? No necesariamente ¿Es una película que vale la pena ver? Sí.
Con sus tropiezos de ritmo, algunas decisiones visuales reiterativas y una música que ocasionalmente se pasa de dramática, El Desaire representa algo que el cine mexicano necesita con urgencia: producciones regionales capaces de contar historias locales con aspiraciones nacionales.
Para el público regiomontano, además, hay un pequeño espejo incómodo: Saltillo está lo suficientemente cerca como para que no podamos fingir que la historia ocurre “allá”. El norte también tiene sus fantasmas. Y algunos, lamentablemente, no necesitan efectos especiales.
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