Hay películas que llegan para contarnos algo que nunca habíamos visto y otras que llegan para recordarnos que, aunque la historia ya la conocemos, siempre podemos volver a bailar. El club del pie izquierdo pertenece claramente a la segunda categoría.
Dirigida por Celso R. García, la cinta sigue a Juan Pablo, un oficinista cuarentón atrapado entre el tráfico de la Ciudad de México, el trabajo y una vida matrimonial que parece haberse convertido en piloto automático. Un día, casi por accidente, descubre una academia de baile y termina tomando clases de reguetón con Paulina, una estricta instructora que lo obliga a enfrentarse no solamente a sus dos pies izquierdos, sino también a sus propios prejuicios.
La premisa suena conocida. Y lo es. Si durante la función alguien siente que ya vio esta película, no está teniendo un déjà vu: El club del pie izquierdo bebe descaradamente de Shall We Dance?, la cinta japonesa de Masayuki Suo de 1996 que años después tuvo su versión estadounidense protagonizada por Richard Gere y Jennifer Lopez. El esquema es prácticamente el mismo: hombre de mediana edad, rutina asfixiante, crisis existencial, descubrimiento accidental del baile y una nueva oportunidad para sentirse vivo.
La diferencia está en cambiar los salones de baile por reguetón, el contexto japonés o estadounidense por el México godín y ponerle tráfico chilango al asunto. ¿Es una copia? Sí. ¿Es mala por eso? No necesariamente.
El problema no está en contar una historia conocida, sino en qué se hace con ella. Y aquí El club del pie izquierdo no parece particularmente interesada en encontrar una nueva respuesta. Prefiere ir a lo seguro: comedia amable, personajes reconocibles, música, baile y una moraleja bastante sencilla sobre atreverse a romper la rutina. Celso R. García no es un director novato. Su trayectoria incluye La delgada línea amarilla (2015), cinta con la que obtuvo diversos reconocimientos en festivales, además de La boda de mi mejor amigo y La gran seducción. En otras palabras, estamos ante un cineasta que conoce tanto el terreno del cine más autoral como el de las adaptaciones y la comedia comercial. En esta ocasión, sin embargo, parece haber decidido pisar una pista mucho más cómoda.
El reparto ayuda. Adrián Uribe encuentra en Juan Pablo un personaje construido para explotar su capacidad cómica y su imagen de hombre común. Su torpeza bailando es, naturalmente, uno de los principales recursos de la cinta. Pero quien realmente se roba la pista es María León. La cantante y actriz tiene tablas de sobra para las secuencias coreográficas y cada vez que la película le permite bailar, la energía cambia. Es una lástima que no aproveche más ese talento, porque algunas de las mejores escenas son precisamente aquellas en las que la cinta deja de hablar del baile y simplemente nos deja verlo.
Mónica Huarte, por su parte, aporta buena parte de la frescura y el ritmo cómico. Sí, su personaje tiene ese aire familiar que ya conocemos de otros trabajos de la actriz, pero Huarte tiene la virtud de saber exactamente qué hacer con ese registro y hacerlo funcionar.
El resto del grupo, en cambio, se mueve peligrosamente cerca del catálogo de clichés: el nerd introvertido, la oficinista godínez, el amigo gay convertido en recurso cómico y la esposa que sospecha que detrás de la nueva felicidad de su marido hay algo más.
Ahí está quizá la mayor contradicción de la película: quiere hablar de romper prejuicios mientras ella misma se apoya en varios estereotipos conocidos. Pero El club del pie izquierdo tampoco pretende ser una revolución cinematográfica. Es una comedia comercial, sencilla y perfectamente consciente de lo que quiere ofrecer. No descubre el hilo negro, pero tampoco intenta vendernos que lo hizo.
Y eso, curiosamente, termina jugando a su favor. Porque aunque sepamos hacia dónde va Juan Pablo, resulta fácil acompañarlo. Hay suficiente humor, música y situaciones simpáticas para pasar un buen rato. Es de esas películas ideales para un fin de semana en el que uno no quiere resolver los problemas del cine mexicano ni los propios: solamente sentarse, reírse un rato y salir con la sospechosa sensación de que quizá deberíamos hacer algo diferente con nuestras vidas.
¿Vale la pena? Sí, si buscas entretenimiento. No, si esperas innovación. El club del pie izquierdo es una copia mexicanizada de una historia que ya funcionaba, pero al menos tiene el mérito de no ser aburrida. No viene a cambiar la cinematografía nacional; viene a decirnos, con bastante reguetón y algunos pasos descoordinados, que nunca es demasiado tarde para salir de la rutina.
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