Hay secuelas que nadie pidió y otras que honestamente daban miedo. The Devil Wears Prada 2 o El Diablo Viste a la Moda 2 entraba perfectamente en la segunda categoría. Porqué seamos sinceros: tocar una película tan icónica para millennials, gays y gente traumada por jefes tóxicos era peligrosísimo. Bastaba un mal guion para que se fuera al caño.
La historia retoma a The Devil Wears Prada 2 con una Miranda Priestly enfrentándose a una industria editorial que ya no domina como antes. Ahora no basta con intimidar asistentes y decidir tendencias desde una oficina fría en Nueva York: las revistas impresas están muriendo lentamente mientras Instagram, TikTok y los influencers devoran todo a su paso. Honestamente, ahí está uno de los mayores aciertos de la película. La secuela entiende que el verdadero villano ya no es Miranda… son los algoritmos.
Meryl Streep vuelve impecable. Sin embargo, la película toma una decisión interesante: humanizar más a Miranda y enfrentarla a lo políticamente correcto, a la cultura de cancelación y a un mundo donde lo que hace veinte años era “normal” hoy sería un hilo viral de denuncia. Eso le da momentos muy inteligentes… aunque también provoca que, en ocasiones, el personaje pierda un poco de esa fuerza monstruosamente elegante que la convirtió en leyenda. Porque sí: hay escenas donde parece que Miranda está caminando sobre vidrio para no ser funada.
Anne Hathaway regresa como Andy Sachs mucho más aterrizada y menos “chica confundida que odia la moda mientras usa Chanel”. Stanley Tucci sigue siendo el alma emocional de la franquicia y cada escena suya se siente como un abrazo.
Ahora hablemos de Emily Charlton. Emily sigue siendo Emily. Y ese es precisamente el problema. Después de veinte años, el personaje parece evolucionar menos de lo esperado. La película la encasilla demasiado en su energía neurótica y sarcástica, aunque sí hay un cambio muy evidente: su estética. Antes era impecable, minimalista y ultra editorial; ahora su manera de vestir es mucho más exagerada, maximalista y cercana a la moda viral de redes sociales. Y sí, para quienes aman la moda, esta película es un buffet visual.
Hay cameos de celebridades, diseñadores, figuras de internet y personajes relevantes de la cultura pop que duran segundos, pero son suficientes para hacer explotar a media sala. La población diversa, fashion lovers probablemente van a soltar varios gritos inesperados durante la función.
Lo mejor es que la película no vive solamente de la nostalgia. Claro que hay referencias, frases, miradas y guiños que harán felices a quienes se saben de memoria el “That’s all”. Pero también intenta hablar del presente: la ansiedad de producir contenido, la muerte del periodismo impreso, la obsesión con la imagen, los celulares pegados a la mano y la necesidad de seguir siendo relevante en internet, aunque tengas un imperio construido.
En una era llena de remakes vacíos hechos únicamente para exprimir nostalgia, The Devil Wears Prada 2 al menos tiene algo qué decir. Y aunque quizá nunca alcance el impacto cultural de la primera, logra algo mucho más difícil: actualizarse sin sentirse completamente desconectada de lo que la hizo icónica.
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