Hay películas de terror dónde aparece un monstruo gigante, un demonio poseído o una señora que corre por el techo como si no pagará renta. Y luego está Backrooms: Sin Salida, una cinta que entiende algo mucho más incómodo: los espacios vacíos también dan miedo, especialmente cuando estás solo y no sabes cómo salir.
Dirigida por Kane Parsons esta adaptación del fenómeno viral nacido en 4chan en 2019 toma una idea aparentemente simple, un laberinto infinito de oficinas amarillas y lugares sin identidad, y la convierte en una experiencia angustiante, extraña y sorprendentemente inteligente.
La historia sigue a Clark, interpretado por Chiwetel Ejiofor, un hombre que acude regularmente a terapia y que, accidentalmente, encuentra una puerta escondida dentro de una exposición de muebles. Porqué claramente nada bueno ha pasado jamás después de abrir una puerta rara en un sótano. Al cruzarla, termina atrapado en una serie interminable de habitaciones y pasillos que parecen salidos de una pesadilla burocrática: luces blancas, alfombras amarillas, techos de oficina y una sensación constante de que algo está mal aunque no sepas exactamente qué.
Y ahí está el gran acierto de Backrooms: Sin Salida, que entiende que el verdadero terror no siempre necesita enseñarte algo horrible frente a la cámara. A veces basta con un “no lugar”. Un espacio de paso sin identidad. Un sitio que parece familiar pero al mismo tiempo incorrecto. Como un centro comercial vacío entre semana o un pasillo de oficina donde solo se escucha el zumbido de las lámparas. Lugares que existen, pero donde tu cerebro siente que no deberías quedarte demasiado tiempo.
La película juega muchísimo con los llamados “espacios liminales”, esos escenarios que parecen atrapados entre una cosa y otra. Kane Parsons toma esa idea y la exprime visualmente de manera impresionante. Hay momentos dónde literalmente sientes ansiedad viendo una pared amarilla y un corredor infinito. Y honestamente, lograr eso ya tiene mérito.
Visualmente, la cinta tiene personalidad propia. Parsons retomó la estética de documentales ochenteros, cámaras VHS y formatos análogos para construir una atmósfera nostálgica y enfermiza. El diseño de producción es fantástico: se construyeron cerca de 3,000 metros cuadrados de backrooms reales pintados de amarillo, creando un set tan laberíntico que incluso parte del equipo llegó a perderse. Y sí se nota. Todo se siente tangible, húmedo, incómodo y desesperante.
También hay ecos clarísimos de The Shining, Cube y hasta de Exit 8, especialmente en esa idea de personajes atrapados en espacios que parecen tener reglas… aunque nunca terminamos de entenderlas del todo.
Y justo ahí puede dividir al público.
Si eres de las personas que necesita que el final te explique absolutamente todo con peras, manzanas y un PowerPoint, probablemente salgas frustrado. Backrooms: Sin Salida no está interesada en darte respuestas definitivas. La película quiere que observes, conectes pistas y armes tu propia interpretación. Cada objeto, ruido, habitación o aparición parece decirte algo. Incluso lo que NO aparece termina siendo importante.
Pero aunque dejé preguntas abiertas, los sustos funcionan muy bien. No depende únicamente de jumpscares baratos; el miedo viene de la atmósfera, del silencio y de la sensación constante de desorientación. Es ese terror raro de sentir que llevas demasiado tiempo en un lugar donde ya no sabes si alguien te observa o si simplemente te estás volviendo loco.
Y quizás por eso la película conecta tanto con esta generación. Porque habla de un miedo moderno: la soledad en espacios impersonales. Oficinas, hoteles, pasillos, aeropuertos, estacionamientos, salas de espera, lugares dónde todos hemos estado alguna vez y dónde, por un segundo, sentimos un escalofrío absurdo sin razón aparente.
Backrooms: Sin Salida convierte esa sensación cotidiana en horror puro.
No es una película perfecta. Hay momentos dónde el ritmo puede sentirse demasiado contemplativo y algunas personas podrían desesperarse con lo ambiguo de la narrativa. Pero como experiencia sensorial y psicológica, funciona muchísimo mejor de lo esperado. Sobre todo considerando que fue dirigida por un creador que empezó haciendo cortos en YouTube.
Al final, sales del cine con preguntas, sí, pero también con ganas de nunca volver a entrar solo a un edificio vacío iluminado con focos fluorescentes. Y sinceramente, después de esta película, hasta ir al Office Depot puede sentirse como una experiencia paranormal.
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