Durante siglos nos vendieron una historia irresistible: un forajido llamado Robin Hood robaba a los ricos para ayudar a los pobres mientras vivía feliz entre los árboles del bosque de Sherwood. Ahora llega La muerte de Robin Hood, dirigida por Michael Sarnoski, para decirnos, básicamente: ¿Y si todo ese mito fuera mucho menos emocionante de lo que recuerdas?
La película apuesta por desmontar la leyenda del personaje del folclore inglés, cuya existencia histórica nunca ha podido comprobarse y que probablemente nació de la mezcla de varias figuras reales y relatos populares de los siglos XIII y XI, para mostrar a un Robin envejecido, cansado y enfrentado a las consecuencias de su propia vida.
Y aquí viene el primer aviso: si esperas flechas, persecuciones y aventuras épicas, probablemente entraste a la sala equivocada.
Sarnoski convierte esta historia en un drama profundamente introspectivo. La acción queda prácticamente relegada al olvido para dar paso a largas conversaciones, silencios y reflexiones sobre la culpa, el paso del tiempo y la muerte. Sí, es cine contemplativo… tan contemplativo que por momentos uno empieza a contemplar cuánto falta para que aparezcan los créditos.
Visualmente la película es impecable. La fotografía aprovecha una hermosa paleta de tonos tierra y paisajes medievales que parecen pinturas, mientras que el diseño de producción logra una ambientación muy cuidada. Las actuaciones también sostienen buena parte del metraje, especialmente gracias a un elenco comprometido que intenta darle humanidad a personajes que, en ocasiones, el propio guion mantiene demasiado distantes.
Sin embargo, el mayor problema de La muerte de Robin Hood es su ritmo. Es extremadamente lenta. No lenta de esas que premian la paciencia con un gran desenlace; lenta de las que hacen que las dos horas parezcan bastante más largas. El relato termina siendo más interesante como reflexión que como experiencia cinematográfica, y esa diferencia pesa.
Hay una propuesta inteligente detrás de la película y se agradece que A24 siga apostando por producciones alejadas del blockbuster convencional. Pero la solemnidad constante y el tono melancólico terminan jugando en su contra. Robin Hood pasa buena parte de la historia atrapado en el arrepentimiento y eso hace difícil conectar emocionalmente con él.
En resumen, La muerte de Robin Hood no busca reinventar al héroe con grandes batallas, sino despedirse de él desde el drama más íntimo. La intención es admirable, la ejecución visual también, pero el resultado puede sentirse excesivamente pretencioso y monótono para buena parte del público.
Si disfrutas del cine de autor, las historias pausadas y los personajes rotos, probablemente encuentres algo valioso aquí. Si creciste esperando al Robin Hood arquero, rebelde y aventurero… quizá sea mejor guardar esa flecha para otra función.
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