Home Cultura Cine Crítica de ‘La Guerra de los últimos’, lo nuevo de Riddley Scott

Crítica de ‘La Guerra de los últimos’, lo nuevo de Riddley Scott

Ridley Scott no necesita presentación. El director inglés detrás de clásicos como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise y Gladiador regresa al cine posapocalíptico con La guerra de los últimos, adaptación de la aclamada novela The Dog Stars, publicada por Peter Heller en 2012. Sobre el papel, la combinación parece infalible: Scott, una novela prestigiosa, una pandemia que ha diezmado a la humanidad y un reparto que parece haber salido directamente de una junta de casting de lujo. El problema es que, contra todo pronóstico, la fórmula no termina de cuajar. 

La historia sigue a Hig (Jacob Elordi), un mecánico que sobrevive en un aeródromo abandonado de Colorado junto a Jasper, su perro, y Bangley (Josh Brolin), un exmarine cuya estrategia para sobrevivir consiste, básicamente, en desconfiar de todo ser humano que respire. Hig vuela en busca de suministros mientras escucha una misteriosa transmisión de radio que podría significar que todavía existe algo parecido a una esperanza. 

Y ahí está precisamente el detalle: La guerra de los últimos tiene todos los ingredientes para construir un thriller posapocalíptico memorable, pero decide cocinarlo a fuego tan lento que para cuando llega el plato principal ya se nos olvidó que teníamos hambre. 

Scott apuesta por una atmósfera contemplativa: carreteras vacías, edificios abandonados, vehículos oxidados y paisajes que transmiten la dimensión de una civilización desaparecida. Visualmente hay momentos muy logrados, y la fotografía de Erik Messerschmidt encuentra belleza en la devastación. Sin embargo, la película confunde en varios momentos lentitud con profundidad. No explicar todo puede ser una virtud narrativa; aquí, algunas de las preguntas simplemente terminan pareciendo descuidos del guion. 

El mayor problema está en los personajes. Elordi hace lo que puede con un protagonista deliberadamente silencioso, pero Hig permanece demasiado tiempo en la categoría de “hombre atormentado que mira al horizonte”. Brolin, en cambio, parece disfrutar mucho más su papel de tipo armado hasta los dientes y emocionalmente blindado, aunque Bangley tampoco recibe suficientes capas para convertirse en algo más que una máquina de supervivencia con barba. 

Margaret Qualley aporta humanidad y Guy Pearce consigue darle cierta dignidad a su personaje, pero ambos están atrapados en una historia que introduce relaciones, pérdidas y posibles conflictos emocionales sin desarrollarlos del todo. Allison Janney aparece más adelante con ese talento suyo que parece capaz de mejorar cualquier película con solo entrar por una puerta, pero incluso ella parece haber llegado tarde a la cinta. 

Y están los antagonistas. Los llamados reapers deberían representar el lado más oscuro de una humanidad sin ley, pero terminan pareciendo una colección de clichés posapocalípticos: tatuajes, gritos, violencia, indigenas y caras de “yo claramente no tuve una infancia feliz”, mandando mensajes que ya no deberían de tratarse en los medios, que las minorias son las malas y solo los blancos los buenos, en este caso los indigenas o personas nativas son las malas, mientras la gente blanca es la buena y que merece sobrevivir. En una película que pretende reflexionar sobre lo que queda de la humanidad después del desastre, reducir al enemigo a una amenaza genérica resulta una oportunidad perdida. 

Cuando tienes a Ridley Scott detrás de la cámara, a Josh Brolin, Jacob Elordi, Margaret Qualley, Guy Pearce y Allison Janney delante, piensas que sera una obra maestra y aun así La guerra de los últimos deja la sensación de que faltó algo, el problema difícilmente es el talento. Es la película. 

Para quienes crecieron con el cine de Scott o buscan otro Mad Max, The Last of Us o Alien, conviene bajar las expectativas. Aquí no encontrarán adrenalina constante ni un apocalipsis particularmente espectacular. Encontrarán, eso sí, una reflexión visualmente atractiva sobre la soledad, la supervivencia y la necesidad de encontrar algo parecido a la esperanza cuando el mundo ya se fue al carajo. 

El problema es que, después de 118 minutos, uno termina pensando que quizá esa esperanza también necesitaba un mejor guion. 

Síguenos en redes sociales
Facebook:
 @mty360
Instagram: @mty360
Twitter: @mty_360