Sin ser precisamente fan del videojuego que traumó y emocionó a toda una generación en los noventa, Mortal Kombat II logró algo que pocas películas basadas en videojuegos consiguen: entretenerme de principio a fin sin pedirle demasiado sentido común al asunto. Y honestamente así debía ser.
La película entiende perfectamente cuál es su trabajo: golpes imposibles, fatalities absurdamente sangrientos, personajes exagerados y una vibra que parece salida directamente de una tarde de maquinitas en una plaza de Monterrey mientras sonaba techno noventero de fondo. Aquí no vienen a darte cine de arte; vienen a darte cabezas rodando, huesos tronando y al público gritando cada quince minutos. Y funciona.
A diferencia del desastre medio tibio que fue la película del 2021, esta secuela por fin recuerda que Mortal Kombat gira alrededor de un torneo. Sí, algo tan básico e importante que inexplicablemente habían olvidado antes. Ahora sí hay enfrentamientos constantes, tensión entre campeones y esa sensación de videojuego que la primera nunca encontró.
El gran acierto aquí es Johnny Cage. Karl Urban se roba completamente la película con un personaje ridículo, egocéntrico y carismático que parece mezcla entre luchador retirado, actor fracasado y tío que todavía cree que sigue en 1997. Cada vez que aparece en pantalla levanta el ritmo y le da a la cinta ese tono burlón y exagerado que necesitaba.
Y sí, la violencia está completamente desatada. Pero curiosamente nunca se siente pesada; al contrario, se vuelve parte del espectáculo. La película sabe que la gente no compró boleto para ver diálogos profundos sobre la humanidad: quieren fatalities. Y los entrega como buffet libre digital.
También sorprende que, dentro del caos, algunos personajes sí logran conectar un poco más. Adeline Rudolph como Kitana aporta presencia y cierta emoción que ayuda a aterrizar la historia entre tanto brazo arrancado y litros de sangre CGI.
¿Es una gran película? No del todo ¿Es divertida? Muchísimo. Mortal Kombat II abraza lo ridículo de su universo y deja de avergonzarse de él. Esa es precisamente su mayor victoria. Es cine palomero, violento, cochino, exagerado y nostálgico; perfecto para ir con amigos, reírse de los diálogos absurdos y disfrutar cómo alguien explota en pantalla mientras el cine entero reacciona como si estuviera viendo una final de Tigres vs Rayados.
Y a veces, honestamente, eso es más que suficiente.
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